EL VIENTO, EL SOL Y UNOS REBECOS
Quiso el gélido viento gobernar aquella primera soleada mañana de mayo y así provocando al sol campaba a sus anchas por valles, montañas y majadas, serpenteando entre sus derruidas cabañas, ascendiendo implacable por laderas heladas y deteniéndose al verme para intentar adueñarse de mi; y así transcurrían los minutos yo esperando a que aquel tímido sol se impusiese lentamente y calentase mientras los buscaba en el bosque, entre las rocas, detrás de las cabañas y ellos mientras pastaban tranquilamente en las altas laderas recorridas por el viento. Y así los fui siguiendo, persiguiendo, recorriendo con mi cámara cada uno de sus pasos que ya antes habían dado en su descenso por esos imaginarios caminos en la nieve que desciende de lo alto de unos Llobiles iluminados por el sol y recorridos por el viento, ellos ajenos pastan y lo hacen libremente en esos verdes prados desnudos ya de nieve, ajenos a mi presencia y a la de ese viento gélido que sigue surcando valles, montañas, majadas y parece haberse encariñado de mi piel.
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